LO DEJAMOS EN TABLAS
Copiar, imitar es una acción que desconoce edades. Y los críos queríamos ser goleadores como Cruyff o Amancio, correr como Asensi, que nos apodaran Pelé, desafiar a la gravedad como Iríbar o que un día Kubala te llamase para que tus amigos te viesen en televisión colar un gol. Sí, aspirábamos a todo eso y también a ser Tarzán o los más rápidos del oeste. Una caña de acequia era el caballo perfecto, más aún si llevabas un correaje de plástico y un revólver con fulminantes.
Aquellas botas de fútbol eran criminales, pero ¿quién podía resistirse a no ponérselas?
Solían llegar por Reyes y duraban poco. Unas porque se rompían pronto y otras porque el pie creía rápido, por eso te compraban un par bien desahogado, varios números por encima del tuyo. Como montado en un par de corbetas en cuyo interior había tanto espacio que los pies bailaban libres entre el talón y la puntera. Pero al menos duraban un tiempo.
Pocos teníamos botas de fútbol. A la espera de que alguien inventara las Paredes o las Kelme, a los zagales nos asignaban sin preguntar unas Tórtolas. La Tórtola era la marca de unos bambos que se venían haciendo en Elche sin apenas modificaciones desde 1947; lo de calzado deportivo es un término que entonces, en los 60, se desconocía en el lenguaje de la calle. Las Tórtolas eran sencillas, elementales a más no poder; una suela de goma blanca que en su parte final se estiraba para doblarse sobre sí misma cubriendo los dedos y reforzando la puntera. Sobre esa carcasa se mal cosía o pegaba una tela tipo lona, generalmente de color azul marino de escasa calidad, con dos pequeñas aberturas redondas con remaches de metal por donde se supone que el pie respiraba. ¿¡¡Respiraba!!? La mezcla del sudor con la lona producía un olor inexcusable que sólo aguantaba el que las llevaba. Desde luego en casa el asunto era un problema cada vez que te las quitabas. El hedor impregnaba toda la habitación y más allá. Mamá siempre te mandaba a lavarte pero recuerdo que eso, más que una solución, era un paliativo. “¡¡Te voy a cortar los pies!!”, “¡¡Qué peste a zorros muertos!!”. Imposible eliminar la fetidez. Siempre quedaban rescoldos.
La industria farmacéutica ofrecía entonces una solución que vendía como definitiva: los polvos Peusek. Los polvos Peusek para los pies y la crema Bily para las axilas tenían en común que taponaban directamente los poros y, claro, por ahí no sudaba ni dios, aunque el Bily, más generoso, te compensaba con unos maravillosos golondrinos en los sobacos.
Pero hablaba del Peusek, no del Bily. Directamente te obligaban a meter ‘los quesos’ en una zafa de porcelana o plástico con agua caliente, verter los polvos y esperar media hora. El tiempo pasaba lento mientras, a falta de mejor ocupación, observabas las diminutas olas que creaba el movimiento de tus dedos y escuchabas el lento chapoteo de las aguas blanqueadas por el Peusek de los güevos. El crío, advertido seriamente, puro nervio y pensado en la calle, debía esperar mansamente para cumplir con absoluta escrupulosidad el ritual que describía el fabricante. Acabada la ceremonia en la que, a fuerza de tanto mirarlos, por cojones terminabas reconciliándote con la parte más extrema de tus extremidades, mamá te daba dos pares de calcetines bien gordos que te enfundabas unos sobre otros, y ordenaba calzarte las alpargatas de deporte y salir a sudar. Decían las indicaciones que así estabas salvado del síndrome del pie corrupto por lo menos tres meses, pero el mágico remedio te protegía a ti, a los tuyos y al medio ambiente no más de un par de semanas. Y jamás de forma absoluta. A veces eran necesarias dos aplicaciones, y ni así. De tal forma se nos cocían los pies entonces, aunque según sostiene Murphy en su famosa ley, todo lo que es susceptible de empeorar, empeora. Y efectivamente el potaje que ofrecía la mezcla de La Tórtola y los pies de los críos alcanzaba la exquisitez de olla podrida si lo que calzabas eran unos bambos La Perdiz, que eran de la misma casa que La Tórtola, pero de inferior calidad. A simple vista sólo se distinguían por el nombre… y por las diferentes propiedades de la fragancia, que alcanzaba notas más profundas y persistentes. Una mayor fijación y durabilidad, definiría el perfumista.
Lo que los mayores no entienden es que el niño es feliz con sus olores. El niño no es gato, es cánido, y le gusta llegar a su cubil y oler a perro, a sí mismo y a todo de lo que se ha impregnado en la calle. ¿De qué otra manera se puede entender la natural aversión del niño al agua? Me refiero al agua con jabón y al baño semanal de aquellos tiempos. Lo natural no es la higiene sino lo contrario. Sólo la férrea disciplina consigue con los años desterrar la parte animal y dar paso al hombre civilizado, que jamás logra apartar, ni siquiera en la vejez, la tentación de disfrutar de sus flujos y vahos.
Si en casa te ayudaban a superar ese estadio inicial y primitivo de las bambos comprándote unas verdaderas botas de fútbol, de reglamento, entonces los problemas eran otros siempre y cuando fuesen de cuero y no de plástico. Porque el plástico y tus pies formaban una verdadera entente capaz de hacer frente a cualquier alianza conocida entre tú y La Tórtola y su sucedáneo La Perdiz.
Pero la prueba inequívoca del valor del sudor la encontrabas en su capacidad para ayudar a adaptar la bota al pie. Antes pasabas por el calvario de las rozaduras y las ‘bambollas’. Y las sufrías en silencio porque alguien te podía decir “nena”.
A cambio quedabas premiado con la sensación de participar en un partido de veras, de los que ponían en la tele, de los que jugaban los mayores; premiado con la convicción de incorporar un par de alas que proporcionaban habilidad y mejoraban tu rendimiento. Premiado con el convencimiento de que con las botas regateabas mejor y chutabas más fuerte. Premiado con el momento indescriptible de la ceremonia del atado. Eso de coger los largos cordones y, una vez tensados, cruzarlos con esmero y pasarlos cuidadosamente, desde el empeine, por la suela una vez y dos veces hasta dejarlas bien sujetas, culminando con un perfecto doble nudo. El deleite de lo simple.
Casi nadie llama ya salagustín al saltamontes, Los niños no los cogen porque temen sus sierras y les asquea la baba que sueltan. El universo de las consolas es más sugerente que una charca de ranas o un bancal de habas frescas. Casi no interesan los gusanos de seda ni el milagro de su transformación. Ningún niño de ahora cambiaría sus Nike por unas Tórtolas; tampoco su botas de reglamento por otras de plástico. Yo tampoco trocaría mis Perdiz nuevas. Lo dejamos en tablas.
© Miguel Ángel Sánchez Sáez. (Enero 2020)
Periodista nacido en el barrio murciano de Santiago el Mayor, actualmente residente en Almería.

