«El entierro de la sardina», por Nacho Ruíz

Cuando era pequeño mi madre nos llevó a mi hermano Antonio y a mí al Entierro de la Sardina, una fiesta murciana en la que los ricos beben alcohol y tiran juguetes baratos desde carrozas a un populacho entusiasmado. Entonces -primeros 80- la gente iba alrededor de las carrozas suplicando balones de goma y pitos. Yo debía tener unos diez años. Me recuerdo con media melena, un jersey amarillo y los brazos en alto en medio de la pequeña multitud. Como era un crío no cogía nada. Entonces cayó en el asfalto un torito de plástico. Me agaché y lo cogí. Un hombre frente a mí lo vio. Me dio un rodillazo en la boca y me lo quitó de las manos. No me dolió en el momento pero supe que me había hecho mucho daño. El hombre me miró con cara de susto unos segundos y se fue detrás de la carroza. No lloré al principio, no hasta que vi que la sangre me caía a borbotones sobre el jersey amarillo. Entonces fui a buscar a mi madre. Casi se muere del susto y me echó una bronca mientras me llevaba a la casa de socorro donde me recompusieron el desastre. Aquel hombre me había destrozado la boca por un juguete barato.
José Gutiérrez Solana también odiaba el Entierro de la Sardina en realidad. Este cuadro debería ser alegre pero es espantoso. La diversión de estos dos enmascarados es etílica y grotesca. Su celebración se desarrolla en una nada sombría, en el no lugar del miedo y lo sórdido, en un fondo oscuro. Las máscaras no son divertidas, son espeluznantemente similares a un juego de animatróncos que le gusta a mi hijo Hugo, Five nights al Freddie’s en el que los personajes disfrazados han muerto violentamente. Hasta los fondos se parecen. estos dos podrían estar también muertos y disecados.
Solana vio cuando era niño cómo uno de estos mascarones entraba a robar a su casa y peleaba con la cocinera. Un par de años después volvió a entrar otro, borracho, solo para divertirse, dejando al niño escondido y en shock. Odiaba con todo su ser a estos borrachos descontrolados que en carnaval o el Entierro rompían el orden de la vida para ser otra cosa vestidos de mujeres con cabeza de burro. Lo que para otros es alegría para él es lo peor del ser humano que se niega a sí mismo y aprovecha su anonimato para violentar las normas y la vida de los demás.
Solana, el gran maestro universal aún por reconocer, vio y vivió demasiadas cosas en su infancia y su pintura no dejó de ser la constatación. Cuando era muy pequeño vio cómo un repartidor de periódicos le sacaba el ojo a su perro con un hierro afilado, vio morir a su hermanita, vio la locura. En los cuadros de Solana siempre está la construcción del mundo que hizo en una infancia en la que vio y vivió más de lo que le tocaba a un niño.
Los niños que no disfrutan de infancias convencionales no pueden ver el mundo de forma convencional. A mí me pasa. Hubiera querido ver y vivir menos y, aunque me hago mayor, duele. En los cuadros de Solana está esa tristeza infantil, no deja de contar el mundo como la infancia se lo hizo ver. Son pura melancolía. En este cuadro, como en todos, no está la fiereza que los expertos ven en Solana, está el relato de su infancia porque no somos otra cosa que los niños que fuimos o, especialmente, que no pudimos ser.
Y así es cómo un cuadro sombrío y grotesco resulta ser en realidad un cuento autobiográfico triste y doloroso. Hay que tener cuidado con los niños. No les puede faltar cariño como no les puede faltar comida. Hay que alejar la violencia de ellos todo lo posible. Quien pueda hacer algo que lo haga.
Buenos días.

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© Nacho Ruiz

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